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Interior del país cumple 446 años obligado a hacer diligencias en Caracas

Hoy 25 de julio, las regiones del país están de plácemes con motivo de la celebración de la fecha más importante para el centralismo venezolano: el 446° aniversario de la obligación que tienen los habitantes del interior de hacer todas sus diligencias en Caracas.

El señor Gumersindo Montoya, cronista de alguna “ciudad” del interior, conversó con nosotros para darnos su opinión sobre esta importante efeméride. “Desde que Caracas fuera refundada por Diego de Losada, en 1567, nosotros los habitantes de la provincia nos hemos visto obligados, en mayor o menor medida, a viajar constantemente a esa caótica ciudad. En la antigüedad teníamos que hacer todas nuestras diligencias allí: Vender las cosechas o las plumas que le arrancamos a una garza. Pedir plata prestada. Sacarse la cédula. Llevarles la plata del petróleo para mantenerlos. Desde la época de la Colonia ha sido así, todo lo que uno ha necesitado ha implicado agarrar el burro o el Fairlane 500 y coger carretera pa’ la gran capital. Ahora, en pleno siglo XXI, tenemos que seguir yendo a la Capital para buscar la Visa Americana, si se te pierde el título de bachiller, hay que buscarlo en Caracas, los títulos de los carros salen también de allá, para hacer un vuelo internacional hay que ir al aeropuerto ese de Maiquetía… que ni siquiera es Caracas. Ah, y lo peor es que si a algún banco le da ladilla atenderte en algo, te dicen que es que eso es en Caracas. Por eso es que esta fecha representa tanto para nosotros. Ya mismo vamos saliendo un grupo de notables pa’ Caracas, para celebrar esta maravillosa fecha” dijo Montoya, mientras llamaba a Caracas para pedir que le mandaran luz eléctrica, que tenían como un mes sin que llegara al pueblo.

Pero ninguna historia sobre el centralismo venezolano tendría credibilidad o validez periodística sin conocer la opinión de los caraqueños, así que intentamos presentar la opinión de los habitantes de Caracas sobre este tema; sin embargo, todos ellos estaban —al mismo tiempo— metidos en una cola en la autopista Francisco Fajardo. Fue completamente imposible lograr que alguno de ellos venciera el miedo y nos bajara la ventana para conversar. Bueno, sí: una señora la abrió apenas 5 centímetros, lo suficiente para rociar a nuestro pasante subpagado con paralyzer.

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