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Breve historia de la Electricidad en Venezuela

Dios dijo “hágase la luz”, conectó la extensión a una planta de un primo que hace eventos y la luz se hizo.

Y creó muchas otras cosas, como el cielo, el mar, los animalitos, a José Vicente Rangel y un terreno llamado Venezuela. Allí puso petróleo, desierto, selva, montañas, prepagos, zancudos y abundantes recursos, como el agua. Aparte de usarla para mojar gente en Carnaval, esa agua era la que habríamos de usar para mover turbinas y aprovechar su potencial hidroeléctrico.

La electricidad llegó a Venezuela en 1888, cuando se instaló el alumbrado público en las calles de Maracaibo, en lo que los maracuchos, siempre inconformes, llaman “la última gran inversión que se hizo en Maracaibo”.

En 1956 comenzó a construir Macagua, la primera central hidroeléctrica del Caroní. Habían un montón de empresas como Edelca, CADAFE y La Electricidad de Caracas, entre otras, que funcionaban. Producían tanto que hasta daba para venderla a Colombia y Brasil. Claro, esa era la época donde no teníamos que poner containers en los puentes para “cuidarnos” de ellos.

En el mismo río Caroní, en 1957, se empiezan las obras de la Central Hidroeléctrica Raúl Leoni, que casi 20 años después se terminaría para convertirse en la planta hidroeléctrica más importante del país. Actualmente es la cuarta más grande del mundo. Menos mal que aquellos gobiernos fueron visionarios y decidieron hacer esa planta hidroeléctrica y no nuclear; porque con el chavismo ya tendríamos nuestro propio Chernobyl. ¿Se imaginan nuestros ríos llenos de chigüires mutantes con tres ojos, como Blinky?

Y de repente llegó Chávez y ordenó expropiar todo eso, crear un arroz con mango llamado Corpoelec y darle eso a los militares. ¡Adiós luz que te apagaste!

Pasaron los años y en vista del inminente colapso, decidieron hacer una central hidroeléctrica nueva, Tocoma, que por supuesto no se terminó nunca y que por supuesto también tuvo mil guisos y sobreprecios. Luego vino la crisis eléctrica de 2009-2013: una oscura época de embalses bajitos, iguanas mascacables y terroristas meteorológicos como El Niño y la Niña que nos dejó un par de apagones nacionales serios. Esto permitió la entrada en el spotlight de Derwick y los Bolichicos. No, esta no es una banda cutre de ska; es un grupo de jóvenes sin experiencia en el sector eléctrico a los que se les dio un cheque en blanco para montar plantas eléctricas chimbas. Esto para lo único que sirvió es para que se robara una plata todo aquel que no alcanzó a robar con Tocoma.

Hasta que llegó lo que tantos expertos advirtieron. La irresponsable mezcla de corrupción, improvisación, personal sin preparación y falta de mantenimiento dejó al sistema eléctrico nacional en la ruina, y cuando Diosdado quiso inaugurar su nuevo jacuzzi/piscina de olas, nos quedamos a oscuras. La única respuesta que tenemos es la misma excusa de siempre: que esto es un sabotaje del imperio. Y mientras nos repiten eso hasta el cansancio, no se consiguen ni linternas ni pilas.

Ahora vivimos una de las catástrofes más graves de nuestra historia como país. ¿Qué podemos hacer? Resistir, porque no queda otra. Aprovechar los 10 minutos al día que nos regala Corpoelec para cargar el teléfono. Y aprender de nuestros errores, para más nunca dejar que gente sin experiencia llegue a puestos claves. Ya podemos ver qué es lo que son “capaces” de hacer… claro, de día. Porque de noche no se puede ver nada.

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