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Clasificación de la Guaira mata de un infarto al último fanático que los vio en una final

El señor Juan Ignacio Mena, el último fanático de los Tiburones que los vio en una final que quedaba vivo, cayó fulminado por un infarto anoche, luego que su equipo lograra la clasificación a la final de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional por primera vez en cientos de años.

Enviamos a nuestro pasante subpagado a la funeraria donde velaban al señor Mena. Allí, logramos conversar con sus familiares y amigos, que no lograban comprender esta triste ironía del destino. “No puedo entender esto, chico. Juan Ignacio con sus apenas 90 años,  siempre había dicho que quería vivir para ver a La Guaira en una final más, al menos. Me imagino que esperó demasiado, el corazón no le dio más” nos confesó su viuda, Juliana Guerra de Mena. “Él estaba viendo el juego tranquilito y apenas cayó el último out, le dio la pálida. Ahí mismo se quedó, fulminado. ¡Dios lo tenga en su gloria, a él y a todos fanáticos que no lograron ver en vida a los Tiburones en una final! ¡Me imagino que esa nube debe estar llenita de gente!” afirmó la señora Juliana, mientras le decía a nuestro pasante que no, que no podía comerse otro sanduchito.

Carlos Mena, primo del difunto, confirmó que, en efecto, el señor era el último que tuvo la suerte de ver la proeza deportiva con vida: “Yo nací dos semanas después de ese campeonato. Juan Ignacio lo vio, era un chamo pero si llegó a verlo, se acordaba de todo con detalle. Siempre hablaba de una tal Guerrilla, de un poco de peloteros que triunfaban y ganaban varios campeonatos seguidos y todo. Incluso llegó a tomarse una frescolita para celebrar; claro, era muy chamo en aquel entonces. Mira, si no es porque uno leía en Meridiano que todo aquello que él contaba era cierto, que de verdad pasó, uno podía fácilmente creer que era inventaderas de viejo loco”

Una horda enardecida de fanáticos de La Guaira identificó a nuestro pasante e intentó descobrarse con él todos los chistes que hemos hecho sobre La Guaira; sin embargo, ninguno se atrevió a perseguirlo más allá de una cuadra, temerosos de que el próximo infarto le diera a cualquiera de ellos.

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